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Arboles muertos y mucha tinta

Literatura basura, comics extraños, fotonovelas deformes... La cultura popular que pocos miran, regurgitada aquí

Soy leyenda

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Por ARMANDO BOIX

 

Título original: I am Legend, 1954

Autor: Richard Matheson.

Traducción: Manuel Figueroa.

Edita: Minotauro, Buenos Aires, 1960

 

Los años cincuenta resultaron una época de gran esplendor para la ciencia ficción, absorbiendo el interés de la mayoría de aficionados a la literatura fantástica y no pocos escritores profesionales —es significativo recordar nombres como Ray Bradbury, Frank Belkap Long o Henry Kuttner, en un principio autores de relatos de terror, que paulatinamente dejarían el género de lado para escribir ciencia ficción en exclusiva—. De todos modos, el cuento de miedo en su forma más breve aún tuvo refugio en algunas revistas de ciencia ficción de miras amplias, como «The Magazine of Fantasy & SF», editada por Ferman, o en revistas de misterio como «Ellery Queen Magazine». Richard Matheson, narrador extraordinario y luego solicitado guionista de cine y televisión, se convirtió en una presencia constante en sus páginas con historias que luego recogió en antologías de invariablemente trece relatos:Third from the Sun (1955), The Shores of Space (1957) o su serie Shock (1961-1980).

La ciencia ficción de los cincuenta, si no en su vertiente literaria si en la cinematográfica, es esencialmente terrorífica. Los viejos y apolillados espectros y hombres lobo fueron sustituidos por extraterrestres o mutantes radioactivos, pero el fin perseguido seguía siendo arrancar un chillido de espanto al espectador. Matheson, al plantearse su primera novela sin cerrar los ojos al aspecto comercial, no debió considerar mala idea escribir una historia de horror, siempre y cuando ésta tuviera un conveniente rebozo de ciencia ficción.

Soy leyenda (I am Legend) apareció publicada en 1958, directamente en forma de libro, hecho no tan usual entonces como ahora, cuando la mayoría de la ficción de género vivía confinada en el marco de las revistas. Argumentalmente es una novela de vampiros, pero no en la tradición fantástica procedente del romanticismo que cristalizaría en el Dracula, de Bram Stoker; Matheson enfoca el tema desde un punto de vista racionalista, heredado de su condición de autor de ciencia ficción, e intenta explicar de un modo plausible la infestación vampírica que ha transformado a la humanidad. Su protagonista, Robert Neville, el último hombre sobre una Tierra poblada de vampiros, cree en su existencia —cómo negarlo—, aunque se resiste a aceptar las leyendas supersticiosas en torno a ellos. Encerrado en su casa con un microscopio y un montón de libros, buscará el porqué de la epidemia y, a ser posible, intentará hallar el remedio. Tal vez sea éste el punto más débil de la novela, al suponer que un hombre solo, mal equipado y sin preparación previa sea capaz de llegar a conclusiones a las que toda la comunidad científica permaneció ciega.

Pero Neville lo consigue, quizá ayudado por la fortuna. En la sangre de los vampiros descubre una bacteria a la que él es inmune, vacunado casualmente por el mordisco de un murciélago enfermo, años atrás. La bacteria pasa al estado de espora y en el caso de que el vampiro muera y se descomponga, se dispersa por el aire y contamina a otras personas. También encuentra Neville explicación a muchas de las limitaciones de la condición vampírica: al contrario que las balas, la estaca les mata, aunque también lo hace cualquier arma que mantenga la herida abierta, pues no es la hemorragia lo que acaba con el vampiro. Mientras permanece el bacilo en la corriente sanguínea es anaeróbico y vive en simbiosis con el vampiro; cuando una herida abierta permite el contacto del aire con la sangre el germen se convierte en aeróbico y se interrumpe la simbiosis, para pasar a consumir a su anfitrión, de ahí la rápida disolución del vampiro atravesado por la estaca.

Otras reacciones del vampiro son atribuidas por Neville a una ceguera histérica. Para su terror, el infectado muere sabiéndose condenado a un renacer como vampiro; al producirse este regreso de un modo traumático, enterrado en una tumba de la que deberá salir con enorme esfuerzo, el vampiro cree realmente en todo lo que su propia superstición le dicta y temerá la cruz porque se supone que debe hacerlo...

No obstante, por encima de esta primera lectura superficial, yace otra con el verdadero tema de la novela, una reflexión sobre la soledad y la condición monstruosa de lo extraño. Ya en su primer y famoso relato, Nacido de hombre y de mujer (Born of Man and Woman; 1951), Matheson narraba en primera persona el dolor y la incomprensión de un horrible mutante ante cuya presencia los mismos padres se sienten aterrorizados. En la que será su segunda novela, El hombre menguante (The Shrinking Man; 1956), recalará de nuevo en el tema, presentándonos a un hombre condenado, por su progresiva disminución de tamaño, a perder el contacto con sus semejantes.

Al protagonista de Soy leyenda no parece preocuparle el fin del mundo conocido, de una civilización, puesto que en ningún momento ocupa este asunto sus pensamientos; como individuo lo que le atormenta es haberse convertido en una singularidad y que toda comunicación con otros seres humanos, incluso la más sencilla, le esté vedada. Neville se acoraza contra este sentimiento refugiándose en su cruzada contra los vampiros y en el alcohol, en un ansia autodestructiva que no se atreve a consumar por su propia mano. Pero el dolor permanece y esto lo saben sus enemigos, que cada noche le tientan con vampiras de lúbricas poses para hacerle abandonar su búnker. Inevitablemente, será esa necesidad de compañía la que traerá la perdición de Robert Neville.

Si, con enorme dolor, necesitara desgajar un capítulo de Soy leyenda para quedarme sólo con uno, escogería aquel en el que el solitario Neville encuentra un perro vagabundo y, desesperadamente, como el naufrago que se agarra a un tablón entre las olas, intenta ganarse la amistad del aterrorizado animal, que le rehuye. Consigue Neville tenderle una trampa para capturarlo y llevarlo consigo a casa. Acostumbrado a huir de los vampiros, el perro es presa del pánico, y todos los esfuerzos de Neville para calmarlo parecen infructuosos, hasta que...

«A eso de las once Neville sacó lentamente la colcha descubriendo la cabeza del perro.

»Durante un rato el animal trató de escapar a las caricias. Pero Neville le puso una mano en el cuello, y lo rascó y acarició con la otra, suavemente.

»—Pronto estarás bien —murmuró—. Muy pronto.

»El perro lo miró con ojos apagados y enfermos, y luego sacó la lengua y lamió la palma de Neville.

»Neville sintió que algo se le quebraba en la garganta. Miró al perro silenciosamente. Las lágrimas le corrieron por las mejillas.

»Una semana más tarde el perro había muerto».

Este párrafo es un ejemplo perfecto de la gran sensibilidad de Matheson como escritor. Difícil es conseguir mayor emoción con tanta economía de medios, cosa que Matheson repite a menudo en sus obras, poco abundantes pero de indiscutible calidad.

Pese a lo expuesto, no hay que suponer que el carácter reflexivo y melancólico de muchos pasajes de la novela la convierte en morosa y difícil de leer. Matheson hilvana las escenas con extraordinaria destreza, saltando hacia adelante y hacia atrás en el tiempo para equilibrar los momentos más lentos con otros activos, dando «aire» a una historia de por sí claustrofóbica.

En uno de los capítulos más memorables de la novela, Robert Neville se retrasa en las calles de la ciudad tras haber pasado la tarde en su principal ocupación: destruir vampiros que yacen en su letargo diurno. El crepúsculo se le echa encima y, pese a lanzarse a una alocada carrera para alcanzar su refugio, los vampiros despiertan y se lanzan en su persecución. Aunque nunca ha sido su principal interés, cuando se lo propone Richard Matheson demuestra una verdadera maestría en la creación de escenas de acción y en mantener la tensión de los lectores. Realmente me extrañaría que alguno fuera capaz de despegar la vista de las páginas hasta saber cómo acaba esta escena, de gran intensidad.

Más resbaladiza a la hora de analizarla es la posición de Richard Matheson respecto a la «monstruosidad». Pese a que podría parecerlo en un principio, frente a otras obras paranoicas de la época Neville no se nos presenta como paladín de la normalidad ante una transformación insidiosa de su entorno —o cómo el buen americano debe temer las acechanzas del comunismo, en la línea de La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) o Invasores de Marte (1953)—; muy al contrario, la conclusión de la novela es que Robert Neville se halla en un error al tratar de oponerse al cambio, pues él es el verdadero monstruo, la anomalía en una nueva sociedad formada por vampiros. Tal razonamiento no deja de resultar tan peligroso como el de las pesadillas maccarthistas arriba mencionadas. ¿Qué deberíamos leer en Soy leyenda? ¿Que es preciso aceptar la norma común aunque nos resulte aborrecible? ¿Que toda disidencia se convierte en una aberración destinada a ser borrada del mapa?

En este punto no estoy seguro de interpretar de forma correcta la novela, que podría contemplar como reaccionaria si mi experiencia de la restante obra de Richard Matheson no me hiciera desechar la idea. Más acertado sería suponer que, al condenar a Robert Neville, lo que hace Richard Matheson es recordarnos la relatividad del término «normal», y que incluso lo más extraño debe ser aceptado, pues puede convertirse en regla en otra sociedad con distinto conjunto de valores, ni mejor ni peor que el nuestro.

Soy leyenda ha sido adaptada en tres ocasiones al cine con no muy buenos resultados. La primera es L’ultimo uomo della Terra (1964), una coproducción italo-norteamericana dirigida por Sidney Salkow y Ubaldo Ragona, con Vincent Price, y Franca Gettoia en el reparto. El guión corrió a cargo del propio Matheson, quien, en desacuerdo con las modificaciones posteriores, se negó a firmar con su nombre y figuró en los créditos con el seudónimo de Logan Swanson. Mucho más conocida es la posterior El último hombre... vivo (The Omega Man; 1971), dirigida por Boris Sagal y protagonizada por un Charlton Heston en vena postapocalíptica tras el éxito de El planeta de los simios (The Planet of the Apes; 1968), esta vez sin ninguna participación de Richard Matheson. The Omega Man desvirtúa completamente el original de Matheson, tanto en el tono —sombrío y reconcentrado en la novela; luminoso y repleto de acción en la película—, como en el argumento, donde se transforma a los vampiros en mutantes creados por una guerra bacteriológica (sic). La adaptación más reciente data de 2007, con dirección de Francis Lawrence y protagonismo de la estrella Will Smith. Fue una película que, sin arrasar, sí funcionó bastante bien en taquilla, aunque la respuesta de la crítica no fue tan positiva. Tampoco los admiradores de la novela se mostraron complacidos, al encontrarse con una obra que, una vez más, traicionaba el original hasta desvirtuar por completo sus intenciones. Así pues, que el lector curioso huya de los videoclubs si desea conocer esta historia y corra a buscar el libro. Me lo agradecerá.

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